"Si nos aseguramos que el maestro enseñe a los niños a leer y ser curiosos, los libros jamás desaparecerán"
Ray Bradbury



lunes, 4 de mayo de 2015

¿COMO SERÁN LOS LIBROS DEL FUTURO?



¿Leer en el futuro será cuestión de oídos  y de vista?  ¿Leeremos a elección a través de las  computadoras los libros, capítulos, artículos periodísticos de nuestra particular apetencia? Sí  ya leemos  así con sólo apretar un botón, aparecen así en la pantalla las páginas, los esquemas, los dibujos deseados y también una voz de mujer o varón ( a elección) nos pueden hacen gozar de los contenidos.

     ¿Habrá  entonces, libros con soportes electrónicos en librerías, bibliotecas, escuelas y kioscos callejeros? ¿Habrá disponibles libros para escuchar y leer en pantallas de relojes, celulares y en las vidrieras? Sólo será cuestión de elegir, teniendo la suerte además de ir reconociendo los objetos y el paisaje por los aromas y olores.

       De  verdad, tal tipo de lectura será deslumbrante y cada uno de nosotros tendrá la posibilidad de complicarse directamente en la trama.

       ¿Serán así los libros del futuro?   ¿Leeremos proyectando el contexto de cada página en pantallas escolares áulicas y/o familiares, claro, para TODOS sin discriminación? ¿Reconoceremos a los personajes por las modulaciones de sus respectivos tonos de voz? ¿Habremos aprendido a comprender los textos interpretando esas modulaciones en un abrir y cerrar de ojos?

        ¡Atención!, en todos estos casos, seguramente, también habrá que recurrir al libro escrito, al texto MADRE, al autor y a sus otras creaciones literarias para interesarnos más, para comprender mejor.

        Los sistemas tecnológicos informáticos por ser electro-dependientes podrán interrumpir esas lecturas tecnificadas ante la ausencia o carencia de energía, pero el LIBRO seguirá allí.

       Porque la lectura puramente electrónica puede llegar a ser un elemento de exclusión, de marginación social y cultural,  pero el libro, ese que tenemos en nuestras manos, el de leer en cualquier sitio, el de llevarse en el bolso o el bolsillo, tendrá siempre mayor posibilidad de abrirse a todos y a todos los niveles, y estará siempre allí  creando espacios para que la gente pueda, de cualquier modo y con muy pocos elementos externos, leer, recrearse, imaginar y escribir.

      El libro escrito, el de ayer, el de hoy y el de siempre seguirá proponiendo la textura de la vida, la sobre vivencia espiritual, la expresividad humana, el vuelo libre del pensamiento en busca de la  Verdad.


                                   María del Carmen Villaverde de Nessier, Presidente de ASL

Poemas para compartir

ARROJAR UN MONTÓN DE PALABRAS

 Desde hoy será no sólo bueno
sino necesario,
arrojar todos los días
un montón de palabras
significativas y sugerentes,
al aire vivo  de las escuelas
para que la oralidad,
vestida de múltiples sentidos,
recupere su vida.

             María del Carmen Villaverde 2.012


PARA LAS ABUELAS DE MI CORAZÓN

Casi a orillas del invierno
un ángel bajó a la casa
y a orillas de tu mirada
se hizo ovillito de lana.
Arbolito verde,
arbolito azul,
arbolito blanco
duérmase  mi niño
junto  a la ventana,
junto  a la ventana
hágase la nana…

            María del Carmen Villaverde- 2015


                                 

Acerca del 23 de Abril

23 DE ABRIL – DÍA DEL IDIOMA ,DÍA INTERN. DEL LIBRO Y DEL                               DERECHO DE AUTOR
El 23 de abril de 1616, fallecía Cervantes

            Dijo Aristóteles :El hombre es una animal racional que piensa y habla…La lengua es la herramienta que utiliza. Con ella puede poner nombre a todo lo que lo rodea, decir lo que piensa y expresar lo que siente…
LENGUA -  PALABRA  -   LIBRO  -  INTERNET
Palabras claves del quehacer diario que hoy nos convocan. ¿Por qué? Porque en ellas, con ellas, desde ellas, se van desarrollando las tan mentadas redes cognitivas y de expresión que a su vez toman su plataforma en lo biológico, en el devenir natural. Ya lo veníamos diciendo allá por la década del 90 cuando con el Dr, Panza Doliani interesáramos a docentes, estudiantes y adultos en general en el reconocimiento que EL SABER SÍ OCUPA  LUGAR.

Los seres humanos desarrollamos desde el inicio personal de la comunicación, extraordinarias redes de intercambios vocálicos estimuladas por la imaginación. Recuerdo la historia que, vinculada a todo esto, escribió una vez María Kodama sobre el instante en que se le reveló con gran asombro, qué era un LIBRO.
Un libro lleno de palabras esperando al lector para revivir  otras vidas, para alternar con la seducción de las imágenes multiplicando sensaciones; para ver con los ojos de la imaginación, todos los paisajes, los países, los tiempos. De este modo  el lector es un lector en acto en cadena ininterrumpida desde el primer en encuentro sonoro con las primeras palabras. Este proceso, bien estimulado llevará con seguridad a esa impostergable y necesaria   relación entre PLACER y CAPACIDAD LECTORA.
Hoy contamos con muchos más recursos técnicos y virtuales que de cualquier manera, bien llevados, estimulan y promueven la LECTURA.- En las Encuestas que en diversas oportunidades implementamos desde la ASL sobre cuyos resultados recibimos felicitaciones de la UNESCO, se comprobó que la lectura de libros en los adultos entrevistados, no podría constituirse en ejemplo rector para la niñez y  la juventud pues los porcentajes alcanzados no sobrepasaban el 43%.
Dice Ralpf Staiger, en una de sus Conferencias dictadas en la UNESCO:
            Desde hace tan solo 120 años se ha empezado a estudiar la mecánica de la lectura aunque hubo ciertos escritores de la Edad Media y aún antes, que hicieron algunas observaciones de gran lucidez faltando poner más énfasis en la promoción de canales masivos para alcanzar  un eficaz hábito de lectura personal.
Dejamos asentado que, entonces, la lectura personal nacida en la ORALIDAD IMITADA, debe seguir cultivándose  porque “la palabra como la vida, como dijo A. Ponce, tiene un constante desarrollo”.
En la búsqueda de supervivencia la palabra  requiere de una percepción adecuada del propio ambiente para acomodarse con seguridad al SONIDO y al SENTIDO, que en cada caso y en cada etapa de la vida ella requiere” Circunnavegando la palabra, Ed. Ameghino,1667.
Entonces es necesario  hoy aprender a leer TODO  dentro de una verdadera CASA DE EXPRESIÓN donde la lectura esté  siempre de  FIESTA para motivar y transmitir,  donde la palabra sea como  una dinámica mariposa de luz, con una polisemia que se desplace de un primer enfoque estático a uno dinámico propio de  las  movilizaciones culturales que desde muy diversos soportes bien estructurados, muevan la rueda de la vida.

 Escribe: María del Carmen V. de Nessier – Asociación Santafesina de Lectura

domingo, 8 de febrero de 2015

ROBERTO FONTANARROSA (Rosario, Santa Fe, 1944-2007)

FÁBULA DEL PELOTUDO


Se cuenta que en una ciudad del interior, un grupo de personas se
divertían con el pelotudo del pueblo. Un pobre infeliz de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y recibiendo limosnas. Diariamente, algunos hombres llamaban al pelotudo al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una de tamaño grande de 50 centavos y otra de menor tamaño, pero de 1 peso. Él siempre agarraba la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos.
Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre, lo llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió:
- Lo sé, no soy tan pelotudo..., vale la mitad, pero el día que escoja
la otra, el jueguito se acaba y no voy a ganar más mi moneda.
Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero se
pueden sacar varias conclusiones:
La primera: Quien parece pelotudo, no siempre lo es.
La segunda: ¿Cuáles eran los verdaderos pelotudos de la historia?
La tercera: Una ambición desmedida puede acabar cortando tu fuente de ingresos
La cuarta: (pero la conclusión más interesante)
Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan una buena opinión
sobre nosotros. Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensan los
demás de nosotros, sino lo que uno piensa de sí mismo

MORALEJA:
“El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser pelotudo delante de un pelotudo que aparenta ser inteligente”




ORLANDO VAN BREDAM (CONCEPCIÓN DEL URUGUAY, ENTRE RÍOS, 1952)

LUCES Y SOMBRAS

La tarde en que el Negro Ludovico comenzó a girar alrededor del mástil de la plaza, al doctor Arismendi se le murió el décimo paciente en el término de tres meses. Mientras el Negro intentaba batir el record de permanencia en bicicleta, el médico sentía que el fracaso, como una sombra espesa, ocupaba todos los rincones de la clínica.
Era curioso que, a partir de esa tarde en que se llevaron casi a escondidas los restos de Abel Figueroa, nadie más entrara al consultorio. Ni por una gripe, ni por un resfrío, ni siquiera por un certificado de favor.
Primero las dos enfermeras, después el médico, advirtieron que la gente no sólo no entraba, sino que muchos apuraban el paso como asustados o cruzaban a la vereda de enfrente, a la vereda de la plaza, precisamente al lugar donde Ludovico persistía en la tarea de dar vueltas y vueltas.
El médico había sentido el sismo hacía tiempo, tal vez dos años atrás, cuando la suerte comenzó a urdirle un tejido en el cual, con cada gesto, se enredaba más.
Había tenido casos difíciles, es cierto, como el de Antonia Sanabria, que llegó cuando ya tenía un pie en el cajón, o el de Isidro Mendieta, que había pasado por las manos de tres médicos antes de que él le cerrara los ojos, o el de Gustavo Salazar, con una avanzada peritonitis, pero otros, la mayoría, habían entrado cantando y habían salido para el cementerio. Sin ir más lejos, el propio Abel Figueroa, que vino por una pequeña cirugía y se quedó en la anestesia.
De aquel prestigio levantado en pocos años junto con la clínica modelo para Raíces sólo quedaban ruinas. Ruinas y un médico y dos enfermeras cada vez más solos, cada vez más pendientes de lo que ocurría en la calle, porque el sanatorio siempre vacío les helaba el alma. Primero miraban desde los ventanales entreabiertos, después desde la puerta del consultorio y, por último, terminaron sentándose en la vereda e hicieron girar el mate durante horas con la misma monotonía con la que Ludovico recorría su círculo en torno del mástil.
Arismendi no había perdido solamente la alegría que el éxito le había prestado, sino también el habla. Las enfermeras terminaron por no dirigirle más la palabra porque él quedaba como sorprendido en una larga ausencia, ausencia que las horas y los días fueron pronunciando, y no contestaba o contestaba con un vago movimiento de cabeza. Las enfermeras terminaron hablando entre sí de todo menos de enfermedades, mucho menos de los otros dos médicos de Raíces que iban absorbiendo los pacientes que la decadencia de Arismendi dispersaba. Pero de lo que más hablaron las enfermeras, porque naturalmente se les imponía, era de Ludovico y su bicicleta.
Cada vez que miraban hacia la plaza, cada vez que querían sorprender un estallido de flores entre los canteros, los últimos juegos del sol en el crepúsculo, las primeras parejas del anochecer, se interponía el Negro Ludovico con su boina negra, su remera de rayas azules, su bicicleta roja, su infernal recorrido. Siempre había alguien para darle aliento, para alcanzarle un mate, una gaseosa, unas galletitas. Siempre había alguien para que la música de un gigantesco grabador no lo abandonara nunca. Y Ludovico seguía girando, infatigable y sonriente.
Y fue precisamente la sonrisa de Ludovico la que comenzó a inquietar a Arismendi, más que la proeza de permanecer horas, días y semanas sobre el asiento de una bicicleta. La sonrisa del Negro Ludovico sacó al médico de su distracción o, al menos, le cambió el motivo. Las enfermeras no tardaron en darse cuenta y dirigirse puntapiés cómplices, pero cualquiera que hubiese pasado entre las ocho y las diez de la mañana o entre las cuatro y las siete de la tarde, horas en que el médico sacaba su sillón a la vereda, hubiera advertido la tenacidad con que Arismendi miraba sin ver o veía de otra manera la infatigable presencia de Ludovico. Las enfermeras no sabían a qué atribuir este embelesamiento hasta que Arismendi lo dijo, más como un descuido del pensamiento que como una confesión:
–Esa sonrisa...
Esa sonrisa no tenía nada de particular, era simplemente la que se sobreponía a la fatiga, la que devolvía Ludovico a todo aquel que pasaba por la plaza y le hacía un gesto de aliento o lanzaba una exclamación, esa sonrisa era una espontánea respuesta a quienes se preocupaban por su salud, a los dos o tres o quince o veinte, según las horas del día y según el día que se convocaban en la improvisada pista que las ruedas de la bicicleta habían ido trazando. Sin embargo, para Arismendi, esa sonrisa no se agotaba en la superficie, era la forma tallada desde adentro de una razón que aún no lograba precisar.
Al cabo de dos semanas en que nadie pisó su consultorio, Arismendi concedió un mes de licencia a una de las enfermeras y prometió hacer lo mismo con la otra si al término de ese tiempo la situación continuaba.
Severamente preocupado y contra sus principios, había decidido volver al hospital al que había renunciado hacía muchos años, seducido por la prosperidad de su clínica. Las presiones de su mujer, los gastos permanentes de sus hijos, las cuotas del automóvil, el mantenimiento de su sanatorio, la inminencia de las vacaciones amenazaban tragarse sus ahorros. Debía vencer los escollos y el orgullo y la antipatía que le provocaba el director para hacer las dos cuadras que lo separaban del Hospital Regional. Entre tanto, seguía sacando la silla a la vereda y seguía preguntándose por qué sonreía Ludovico. ¿De qué podía alegrarse alguien que sólo tenía una bicicleta, alguien a quien no se le conocía un trabajo estable o un oficio definido, alguien que apenas había cursado la escuela primaria, que vivía en una modesta casita de palmas en los suburbios de Raíces?
Lo cierto es que a medida que la oscuridad se cerraba sobre Arismendi y su sanatorio, la luz nacía sobre Ludovico. Raíces se despertaba y se dormía con un médico oscuro y un ciclista luminoso, con dos puntos opuestos pero contiguos. Arismendi comenzó a entender la sonrisa del Negro Ludovico, la tarde número veinte en que no menos de doscientas personas rodearon el mástil para aplaudir la hazaña de cuatrocientas horas en bicicleta, verdadero record en todo el mundo, como vociferaba la radio local. Al grito de “Ludovico campeón”, hombres, niños, mujeres y ancianos celebraban la proeza. Fotografías, filmaciones, corresponsales de diarios de la zona intentaban perpetuar el acontecimiento.
Arismendi, sentado en el sillón de siempre, tuvo en plenitud la razón de aquella sonrisa. ¿Todo por esto?, se decía, todo ese esfuerzo por unos aplausos, por unas fotos en los diarios, ¿y después qué?, se interrogaba y no dejaba de mirar aquellas demostraciones de afecto, aquellos coros que incesantemente vivaban al Negro Ludovico.
Arismendi estaba más solo que nunca, hasta la única enfermera lo había abandonado para cruzarse con su permiso hasta la plaza y acompañar el orgullo de todos los raiceanos por la hazaña del atleta que había superado los límites del pueblo y cuyo nombre ya sonaba en la Capital y sus alrededores. La euforia lo había alzado en andas y Arismendi pudo ver en todo su esplendor la cansada sonrisa del triunfo, la cansada sonrisa del Negro Ludovico al que todos querían palmear, abrazar, besar.
Tocado por confusos sentimientos, Arismendi recogió el sillón y se hundió en el sanatorio. Comenzó a caminar por el largo pasillo vacío. Hacía sonar los tacos con furia y descontrol. En esas idas y venidas escuchó el casi olvidado sonido del timbre de calle, aquel timbre que durante veinte días, o más, nadie había tocado.
Esperó en suspenso y no dudó. Lo buscaban. A él mismo le pareció absurdo, pero lo buscaban. Con una sonrisa abrió la puerta del consultorio y con la misma sonrisa escuchó las palabras entrecortadas de quienes sostenían con dificultad el cuerpo de Ludovico.
–Está muy mal, doctor... el Negro se descompuso. No reacciona.
Tres lo colocaron sobre la camilla mientras decenas se acumulaban en los pasillos, el jardín, la vereda. Nunca hubo tanta gente en la Clínica Modelo de Raíces. Arismendi sabía lo que eso significaba, tanto lo sabía que sonreía feliz pero también lleno de miedo.
En sus manos quedaba el ídolo con la sonrisa apagada; de sus manos vendría la salvación o la condena, la recuperación o el hundimiento definitivo. Aunque era sencillo reanimar aquel cuerpo agotado, Arismendi se persignó antes de colocarle la máscara de oxígeno.
Mientras las enfermeras inyectaban una intravenosa, Arismendi se quitó el sudor de la frente y comenzó a sonreír con una sonrisa nueva, desconocida. No dejó de sonreír cuando el Negro Ludovico caminó con los brazos en alto hacia la muchedumbre que en el jardín de la clínica lo recibió con aplausos; tampoco cuando una avalancha de manos apretaron las suyas para agradecerle. Mucho menos, cuando, al otro día, la enfermera recibió azorada los primeros pacientes y él, esa misma tarde, se dio el lujo de decirle que no, definitivamente que no, al director del Hospital Regional. No dejó de sonreír y de tornarse locuaz –como siempre lo había sido– dos meses después, cuando la Clínica Modelo de Raíces le exigió contratar los servicios de dos nuevas enfermeras.
Sospechaba a su alrededor la existencia de un orden recobrado. Todo volvía a ser como antes, aun cuando no resistía la tentación de mirar hacia el mástil de la plaza e imaginar con fastidio la proeza del ciclista. Dejó de sospecharlo y –lo que es peor– de sonreír, la mañana en que alguien en su consultorio le dijo:
–¿Sabe, doctor?.. Desde mañana el Negro Ludovico intentará batir su propio record.
Esa noche Arismendi no durmió. Desvelado, completamente desvelado, pensaba en el Negro Ludovico y su bicicleta. Pensaba en la cesárea que debía practicar al día siguiente. Sobre todo, pensaba con miedo, con mucho miedo, a quién le tocaría sonreír en este extraño juego de luces y sombras.

Nota; el autor reside en El Colorado (Formosa) y nos ofrece este texto para compartir con nuestros lectores.

Este  gran escritor argentino es  mi gran amigo desde hace tiempo. Con él compartimos  fructíferos encuentros en Corrientes y Misiones, en uno de ellos tuve las suertet de compartir  paneles con  el creador de la Revista TODO ES HISTORIA Tanto Van Bredan como Félix Luna son escritores para conocer de verdad. María del Carmen (Pte ASLyCeDoc)

LEOPOLDO MARECHAL (Buenos Aires 1900-1970)

EL AMOR ES UN ROBO

El amor es un robo –me dijiste una tarde-
robamos y nos roban, y así pasa de modo
que en los senderos quedan nuestras mejores galas
resecas como lirios que marchitó el otoño.

Han pasado los años y de nuevo tu imagen
cruzó por mis ideas como la luz de un meteoro,
y mirando en mis abismos y hallando mucha sombra
recuerdo tus palabras: El amor es un robo.



DUDA

A veces me pregunto,
¿qué hará la grey humana,
si algún día descubre con angustia

que ya no tiene que alcanzar más nada?

Una de JACQUES PRÉVERT (Francia, 1900-1977)

EN LA TIENDA DE LA FLORISTA

Un hombre entra en la tienda de la florista
y elige flores
la florista envuelve las flores
el hombre se lleva la mano al bolsillo
para buscar el dinero
el dinero para pagar las flores
pero al mismo tiempo se lleva
súbitamente
la mano al corazón
y cae

Al mismo tiempo que cae
el dinero rueda por el suelo
y también las flores caen
al mismo tiempo que el hombre
al mismo tiempo que el dinero
y la florista se queda allí
ante el dinero que rueda
ante las flores que se marchitan
ante el hombre que se muere
sin duda todo es muy triste
es necesario que la florista
haga algo
pero no sabe qué hacer
no sabe
por dónde empezar.

Hay tantas cosas por hacer
con ese hombre que se muere
esas flores que se marchitan
y ese dinero
ese dinero que rueda
que no deja de rodar.